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&nbspReflexiones desde la Hemos llegado al fin, el reloj marca casi las dos de la mañana y en este hotel “cápsula” estaremos alojados por espacio de dos semanas y media aproximadamente, tiempo en el cual hemos de terminar con el planchado y acabado del piso de una inmensa playa de estacionamiento de ocho pisos. Aunque el invierno ya terminó según el calendario, todavía el frío se hace respetar aquí en Fukuoka Ken a donde hemos llegado procedentes de la isla de Shikoku.El secado del piso de concreto es lento por el frío reinante, y eso explica nuestra hora de arribo de madrugada mientras un fuerte viento frío nos envuelve. Nuestro batallón desciende del vehículo y nos vamos directo a formar nuestra cola tras cruzar la puerta de ingreso. Reportamos nuestros datos personales y recibimos un brazalete verde en donde cuelga la llave maestra, es decir, la que abre enseguida pasos mas adentro, nuestro casillero numerado en donde depositamos nuestro equipaje total incluido todo lo que llevamos puesto encima del cuerpo.

Luego, en fila india así como llegamos al mundo caminamos unos metros más al interior y tiritando de frío doblamos a la derecha y allí nos espera nuevamente una cuadra de casilleros. Nos detenemos y cada uno elige el suyo y  deja su brazalete, desdobla su toalla junto a la bata de campaña, es decir, la común para los trabajadores de paso clientes diríamos únicos de este hotel y que llegan del norte de este país. Acto seguido marchamos primero a la sección del duchado general, el previo que nos libra de todo lo que hemos traído impregnado en el cuerpo desde la gemba. Sólo tenemos unos minutos para ello porque otros esperan.Al frente de donde estamos,un gran estanque cuadrado y que se parece a una fuente de agua termal herviente y natural nos espera. El vapor es abundante y alcanzo ver los rostros de casi medio centenar de “gemberos” japoneses, felices disfrutando en silencio del baño en agua con más de 40 grados de temperatura. Llega nuestro turno  y entonces unos pasos más y nos sumergimos en el recipiente para disfrutar y reponer en algo nuestro estado anímico y relajar nuestros músculos después de un día de trabajo.

Nuestro baño sagrado dura unos treinta minutos. Por momentos uno siente la sensación de haberse derretido en el agua y como si sólo  el corazón y sus latidos nos quedara dentro del agua. El tiempo apremia, casi todos  tenemos el cuerpo enrojecido por el calor y nos retiramos y vamos directo a secarnos y ponernos el traje de dormir. Luego, revisamos el número de nuestro brazalete recibido en la entrada para buscar nuestra habitación, es decir , la numeración de nuestra “cápsula” que desde esta noche nos cobijará. Ya es tarde, quizás un par de horas y media nos resta para dormir y presurosos ubicamos la cuadra 2000 y entonces no me es difícil ubicar el mío, el 2015 y que está en el segundo piso. Debajo de mi cápsula está mi amigo Tokuyama Kun, un joven recientemente enrolado a este ejército y quien por primera vez vive esta experiencia de alojarse en este tipo de nicho.

“O yasumi”… me dice  y nos despedimos y cerramos la escotilla de nuestra cápsula y todo el mundo con seguridad apaga su luz interior. Sin embargo, este baño no ha hecho sino quitarme el sueño. En otros tiempos era distinto. Y es porque tengo pendientes varias cosas a mi regreso a casa la próxima semana.Queda por sacar nuestro nuevo programa de reportaje sobre la cultura japonesa que transmitimos vía internet. Resta el poder estar en la próxima presentación del grupo Machu Picchu (integrado por japoneses que cultivan la música andina) y que se presentarán en concierto en Kawachi Nagano a mediados de este mes en Kansai. Está pendiente decir algo, pero algo nuevo a propósito de un año de cumplido del terremoto y de lo mucho que resta por hacer en favor de este país que nos acoge. Sí , hay mucho por hacer y sabremnos cumplir. Quiero sacarme todo de la cabeza y dormir y apago mi luz pero es inútil. No hay sueño, y es que esta necesidad de continuar haciendo prensa es casi como un alimento espiritual. Mil cosas rondan mi cabeza y ahora nuevamente, viene a mi recuerdo la conversación en la reunión última de hace unos dias, cuando el superior de mi jefe llegó mientras estábamos trabajando en Shikoku, para decirnos de que para el próximo año…”es posible que estemos marchando a la zona castigada por el terremoto allá en Tohoku, en donde nos espera trabajo por veinte años”. Y lo dijo mirándonos fijamente a cada uno de nosotros, como diciendo que lo pensáramos desde ahora y de que no quería desertores de última hora.

Siempre las órdenes son órdenes en el trabajo que solemos cumplir sin dudas ni murmuraciones. Hoy podemos estar aquí y mañana o pasado, por una necesidad de personal, la mitad puede salir intenpestivamente a Tochigi Ken o a cualquier otro rumbo y nosotros en tanto, quedarnos a resolver a como dé lugar el desafío de estar incompletos.Pero esto del “trabajo por veinte años” con seguridad a mas de uno, como que lo pondrá entre la espada y la pared. Quizá el peligro de la radiación pueda más no sé, pero la reconstrucción de Japón ya empezó hace meses.

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No es la primera vez que me toca alojarme en este nicho o sarcófago para decirlo en nuestro argot latino. La primera vez que lo experimenté fué hace años, y recuerdo que hasta me dio pesadilla después de apagar la luz.En la oscuridad podemos viajar en nuestra mente en un instante a cualquier lugar. O al cielo o al infierno si somos creyentes .Podemos sentir volar al futuro y tratar de adivinar cómo serán esas cápsulas del mañana en donde el hombre podrá ingresar después de pagar una tarifa para ser congelado y ser despertado después de diez o cincuenta o cien años.

O también, ser asaltado por algo mas terrorífico, imaginar o soñar estar flotando dentro de esta caja mortuoria en el mar, ya sin vida tras el fin del mundo, y ser recogidos o rescatados por esos seres del mañana, llevándonos como reliquias para ser estudiados cronológicamente y exhibidos luego como esas momias del pasado que yacen en los museos de hoy en este mundo que se calienta cada día más ante la indiferencia total de los responsables directos.En otras palabras, podríamos hasta escribir una novela y muchísimo más.Estoy escribiendo en vez de descansar y veo el reloj que pareciera correr. Quiero respirar aire fresco y abro mi escotilla y echo una mirada abajo en donde está Tokuyama Kun y veo que su puerta no está del todo cerrada y hay luz . No duerme y escucha el sonido que hago  y el hace lo mismo y sale a mi encuentro soñoliento. “No puedo dormir” me dice, y entonces aprovecho para pedirle me tome un foto para acompañar estas líneas que ya están casi listas. Tokuyama Kun me comprende, durante la semana le estuve enseñando a través de su celular androide que tiene, todo lo que hemos producido los latinos a través de la prensa escrita y virtual acerca de su país y de todo cuanto lo respetamos y valoramos .Le hago la señal de la victoria y oprime el botón de la cámara y ya está completa nuestra crónica.

Y ahora así, aunque sea inútil, cerramos nuevamente nuestros”sarcófagos” para tentar un sueño de minutos en tanto no suene la alarma del despertador incrustado en la pared de este nicho.Alguien dirá cómo es que iremos a trabajar sin descansar, si pues, es agotador pero hay que sacar fuerzas en algunos momentos, después de todo, hoy el amor por este Japón es inmensamente superior después de la catástrofe ocurrida y no podemos dejar de escribir. Es imposible dejar de hacerlo. Ahora hay que partir a trabajar. (Desde Fukuoka Ken, Japón, YVÁN RAMÍREZ RODRÍGUEZ).

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