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Testimonio recopilado por YVAN RAMIREZ RODRIGUEZ , dentro de su ensayo en preparación titulado “ASALTO AL CIELO”.

natalina“Acabo de llegar al Perú, a mi tierra, no estoy soñando, tantísimos años fuera, es como retroceder en el tiempo, es como nacer de nuevo . Paso el control en el aeropuerto y me abro camino entre los pasajeros. Apuro mi salida, el corazón me palpita intensamente, quiero estar afuera, siento como estar saliendo de un túnel. Así, luego de unos minutos, al fin estoy en tierra firme, en mi tierra, y me encuentro ante la mirada de una multitud que pareciera examinar mis movimientos . Busco a los míos, pasan algunos segundos y de pronto ¡¡¡ tío Celestino!!!…retumba un grito desde un lado. Es un joven que viene hacia mí, dudo un instante y pregunto ¡¿ Andrés?!. “Si tío.soy yó”, contesta feliz. A él lo dejé de cinco años, y su rostro, es algo distinto al de las fotos que había visto. No lo puedo creer, nos abrazamos fuertemente mientras mis ojos se llenan de lágrimas. El adivina de mi dolor, mis padres deberían haber llegado hoy para estar feliz como el resto que vemos a nuestro lado. Pero no es así, ellos ya no están en este mundo, me los arrancó el tiempo mientras yo estaba lejos, trabajando allá. Y ese dolor ahora atenaza mi ser y mis lágrimas bañan mi rostro hirviendo y arranco en llanto. Mi sobrino se contiene y en voz quebradiza me dice inútilmente “Ánimo tío, ánimo,sé fuerte, nunca estarás sólo, no llores que ellos se pondrán tristes, recuerda que te protegen desde donde están… vamos a casa”, me consuela. Trato de reponerme, y me sorprendo al ver a nuestro alrededor, a taxistas que insisten en sus servicios pero de una manera muy lejos de la amabilidad . “Muchos de estos son falsos, son delincuentes, saben del vuelo que llegó de Japón”, me dice mi sobrino mientras subimos al auto de un amigo de él. Éste es policía, está de descanso, y viste de civil, y antes de partir, rastrilla su arma de fuego que lleva al cinto.”Usted debe saber de que todo este territorio es ahora zona roja, de alta peligrosidad”, me comenta y mi sobrino agrega . “Si tío, el Perú que dejaste hace tantísimos años ya no es el mismo ,todo ha cambiado, ahora hay pandilleros, secuestradores y asaltantes disfrazados de todo, hay que cuidarse mucho”, me explica. Y así, durante todo el trayecto, escucharía incrédulo de este otro Perú, el de estos dias donde reina la inseguridad total. Así llegamos a casa, y me dormí agotado, tras mirar una y otra vez las fotos de mis padres y todo recuerdo material de ellos. Al día siguiente, quería ir a dar una vuelta por la Plaza de Armas de la capital, quería reencontrarme con ese mundo de casi dos décadas atrás.

¡Baja en puente! grita el cobrador del colectivo que nos ha traído en un viaje de hora y media. Se detiene, y bajamos sintiendo el empujón de los de atrás.Estoy al fin en el centro, por aquí caminaba, mis ojos no se cansan de voltear a todos lados. Ahora hemos llegado a la espalda de la plaza de armas de Lima, cerca al campo ferial Polvos Azules. Son las tres de la tarde, y el olor del smok de la ciudad empieza a familiarizarse y reencontrarse con mi sentido de olfato. El aire tiene un sabor que acelera uno y otro recuerdo de esos años vividos .Avanzamos a paso ligero, y las avenidas se van estrechando por la cantidad de vendedores ambulantes, y este ambiente, me hace sentir melancólico. Sí, acabo de recordar cuando tenia la edad de mi sobrino y trabajaba como ellos que estamos viendo, vendiendo zapatos. A mi sobrino le pido entonces, ir primero por ese lugar a dar una vuelta. Así llegamos al sitio, y parece mentira, allí continua esa zona de venta de calzados, con la sola diferencia de que ahora, está abarrotada por muchísima gente y hay “huachimanes” particulares por todos lados. Dicen que es para espantar a los ladrones. “Cuando tu naciste, aquí trabajaba hasta las nueve de la noche, y en el día estudiaba “, le cuento a mi sobrino que escucha asombrado . Luego apuramos nuestro recorrido. Hoy he venido para comprarle su ropa deportiva y un par de zapatillas de marca, y por ello, decido ir al jirón de la Unión. Recorremos una y otra tienda y más de una galería aledaña hasta que por fin, tomo la decisión de adquirir lo mejor. El está feliz después de escoger lo que más le ha gustado, y yo también me siento igual. Me agradece el obsequio que agarra fuerte y cobija sus bolsas sobre su pecho. Está oscureciendo, y el trajinar de la gente se hace más rápido, casi al compás del fuerte y frió viento que sopla. De pronto,como salidos de la oscuridad, aparecen entonces, desde mujeres vendedoras con niños en brazos, hasta ancianos, como salidos de algún albergue, vendiendo de todo. Ofrecen desde un perro mascota algo escuálido hasta un reloj antiguo y más de una extraña baratija. Al ver todo esto, mi alegría se esfuma y siento como si mi alma despertara de su letargo de tranquilidad después de tantísimos años y todo cambia abruptamente.

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“SEÑOR …COMPRAME UNA FRUNA POR FAVOR…POR FAVOR SEÑOR…LLÉVESE UNA FRUNA SEÑOR …”, escucho por un lado mientras caminamos. Es la voz suplicante de una niñita que ha aparecido inesperadamente e implora mi ayuda. Viste rotosamente, tiene el cuerpo extremadamente delgado, los cabellos desarreglados, lleva puesta unas sandalias viejas color del piso negruzco, y tiene una mirada de hambre y de frío y desamparo . He volteado y no he podido quitarle la mirada a la niñita que me sigue suplicando desde atrás. Mi sobrino se percata y me apura diciéndome, “NO HAGAS CASO TÍO, ADEMÁS QUIÉN EN LA CASA VA A NECESITAR ESOS DULCES”, me recuerda y me jala del brazo y apuramos nuestra caminata en busca de un taxi. Hemos avanzado unos metros, pero no puedo seguir más, no puedo. Volteo y diviso a lo lejos a la niñita en medio de la muchedumbre. Es como pequeña criatura, como esa especie, la más inofensiva dentro de esa selva que tiene una sola ley: la del más fuerte sobre el más débil. Estoy enfurecido, hiervo de rabia por su desamparo, por su desgracia, por su hambre, y pido a mi sobrino me espere y camino a su encuentro. Llego ante ella y no quiero verla más así y le pido que me venda toda su caja de frunas. Ella se asusta, tal vez no lo puede creer, sus ojos brillan sabe Dios si de alegría suprema, o reza para que lo ayude por haberse encontrado con un desquiciado, con un enfermo mental. Pero ello dura apenas unos segundos. Se repone, toma aliento, me mira de pies a cabeza y entonces responde, “ QUINCE SOLES SEÑOR”. ” ¡ YÁ NIÑITA TE LO COMPRO TODO!…¡ , le digo y saco de mi bolsillo dos billetes de diez soles. Me recibe, tiene que darme un vuelto, unos soles que no tiene, y mira a todos lados en busca de que alguien lo cambie. Está en un aprieto, teme que me desanime y le devuelva su mercadería, pero yo tomo entonces su caja de dulces de sus manos y le digo antes de retirarme. “TE REGALO EL VUELTO, QUÉDATE CON ÉL, ES PARA QUE TE COMPRES ALGO Y COMAS ESTA NOCHE ¿YÁ?”, le advierto y me despido rápido. No quiero verla más en su miseria. Ella se ha quedado muda, pero reacciona y exclama ¡¡GRACIAS SEÑOR!!.

Mi sobrino esta conmovido de mi humanidad, me observa algo avergonzado mientras buscamos un taxi y lo puedo comprender. Mas a pesar de todo, no estoy conforme, no era todo lo que quería brindarle a la niñita. Algo falta, me duele el alma y estoy enfurecido de ira y repugnancia cuando pienso en esos miserables de saco y corbata en el poder, los verdaderos culpables de su desgracia y que antes de llegar al poder, van a los barrios más pobres para buscar al más hambriento – niño o niñita-, a quién abrazan y besan y levantan en brazos prometiéndoles terminar con su desgracia de ser pobres si es que son elegidos. “¡QUÉ MENTIROSOS, QUÉ MISERABLES E INMORALES!!”. Así, doy media vuelta y retorno ante ella que no me quitaba la mirada a lo lejos.Estaba quizás preguntándose todavía, de dónde pude haber salido y porqué el resto de la gente no son así. Llego y le digo “OYE NIÑITA, NO QUIERO TUS FRUNAS, TELO REGALO”. Ella no me ha escuchado bien, el bullicio es intenso, pero con voz temblorosa y echando una mano a su bolsillo para sujetar su dinero, me responde temerosa y recordándome: “PERO SEÑOR, YO SE LO VENDÍ SEÑOR, YO SE LO VENDÍ.”, me dice con voz temblorosa. “SÍ… ME LO VENDISTE PERO TE LO REGALO… VAMOS, QUÉDATE CON ESTO PARA QUE VENDAS MAÑANA ¿SÍ ? “, le digo y pongo su caja de dulces en sus manos mientras más de un transeúnte se ha detenido y me mira maliciosamente . ¿Y CÓMO TE LLAMAS?, le pregunto antes de retirarme, y esta vez ella me responde muy atentamente: “¡NATALIA PILINKO!!”. Luego, lo que siguió no fué sino mi despedida, el más feliz momento vivido en esa visita por el Perú.

Dos semanas después, antes de volar de retorno hacia este archipiélago, decidí ir a despedirme de Natalia. No me fué difícil encontrarla. Estaba allí, llevando la misma vestimenta, ofreciendo su misma mercadería de dulces dentro de su “territorio”. Y cuando me vio, sus ojos se llenaron de alegría. “¡HOLA NATALIA, HE VENIDO A DESPEDIRME, YA NO NOS VEREMOS QUIZÁS NUNCA MÁS, NUNCA MÁS, CUÍDATE MUCHO”, le dije cerrando fuertemente mis ojos y abrazándola un instante mientras sacaba un puñado de monedas de mi bolsillo y se los ponía en sus manos. NATALIA EMPEZÓ A LLORAR Y SENTÍ QUE EL ALMA SE ME QUEBRABA DE IRA POR LA INJUSTICIA DE SU SUERTE Y OLVIDO. No pude hacer más, allí la dejé, sentí como si una pesadilla estuviera terminando. La vi por última vez para no olvidarla nunca pero nunca, y tuve dar media vuelta y volver a casa para preparar mis maletas. Lima es una selva deshumanizada, maquillada con grandes centros comerciales en donde miles de niños y niñas como NATALIA PILINKO, no pueden entrar para saciar su hambre. Son los que no tienen ni infancia ni niñez ni nada, y se hacen adultos siendo tiernos. NATALIA PILINKO y todos ellos, a pesar de todo lo que se pueda decir, continúan representando a ese verdadero rostro del Perú de estos días.Todos ellos son los verdaderos dueños del Perú.

Ya lo sabe, cuando vaya de visita por su país, no se olvide de hacer un acto de humanidad por los que nada tienen en este mundo. .

Testimonio recopilado por YVAN RAMIREZ RODRIGUEZ , dentro de su ensayo en preparación titulado “ASALTO AL CIELO”.

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