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&nbspEn el Perú, diecisiete años despuésCrónica: “En el Perú, diecisiete años después”

El carro que me lleva al centro de Lima arranca veloz y se detiene en  cualquier lugar. Es una carrera por quién recoge más pasajeros sin respetar los paraderos. Todo es casi igual como hace diecisiete años atrás, ese tiempo aquel a donde  ahora me parece haber regresado. Hoy reina el desorden y antes no era así.

El microbús se va llenando de pasajeros y en una de esas paradas,  escucho  gritar al cobrador  ¡¡ Oye cantor una cuadra nomás ahh.!!, advierte. Mi curiosidad me gana y  miro hacia la puerta  pero  observo que nadie más ha subido aparte de dos damas. Me olvido de todo , aseguro mis bolsillos  y cierro un instante mis ojos y  pienso en los días que me quedan y las mil cosas que ya no podré realizar. “Ingrato”, dirán algunos  amigos de barrio con quienes ya no me podré  reunir para recordar nuestros  tiempos.

De pronto, del bullicio  interior  del carro se escucha una voz  que por momentos se apaga y nuevamente se deja escuchar. Sí, se trata de un niño  que avanza por en medio de  la  multitud que lo aprisiona por momentos y hace que su voz se escuche entrecortada, como si estuviese ahogándose  mientras  anuncia el porqué  ha subido al vehículo. La advertencia  del cobrador había sido para él. “Señores y seño…..he venido  para  ..…dicarles una ca…ción y así…. su viaje… más alegre, y por favor…..una moned……laboración”,  es lo que alcanzo a entender.

Llega así por la parte media en donde estoy sentado ,está  fatigado pero sigue abriéndose camino estirando sus brazos entre el gentío parado  a quienes les llega apenas hasta la cintura.  Mas de uno no tarda en reclamarle que le está ensuciando los zapatos mirándolo como si fuese un ser de otro mundo antes que un niño pobre y hambriento.

Llega hasta el fondo y nuevamente  anuncia que va a cantar para los presentes. Una señora cerca a él está conmovida y lo mira compasivamente de pies a cabeza.  El pequeño artista  empieza  a  cantar con todas sus fuerzas una de esas tantas canciones ya conocidas que hablan de la mala suerte y de la desesperanza, del sufrimiento y de la injusticia y de la pobreza en este mundo. Todo me trae  sólo recuerdos que me transportan a mi adolescencia cuando trabajaba, estudiaba y pensaba en mi futuro. Quiero adivinar  quién o  qué grupo lo interpreta pero eso es imposible, el niño termina su actuación y se apura y entonces, pasa asiento por asiento y también ante los que están de pié, extendiendo su gorra  y  pidiendo  por favor le colaboren con una moneda. Ha llegado por  mi lado izquierdo y alcanzo a ver que en el interior de su gorra apenas hay dos monedas. No lo puedo creer, miro hacia atrás pero cada quién está en lo suyo, y  me viene el recuerdo de ese tiempo cuando vivía aquí  y veía cómo se ayudaba a cualquier niño mendigo dentro de un carro. Todos correspondían, no había mamá alguna a veces, que en lugar de una moneda le obsequiaba una fruta o un pan que llevaba en su bolsa de compras.  Hoy es distinto. Parece que todo el mundo acepta con frialdad  las reglas de esta “ley de la selva”, del “sálvense quien pueda” que ahora impera en mi país.

“Por favor señor colabóreme… por favor señor”, es lo que me dice este  niño cuando llega ante mí. Tiene el rostro pálido y su mirada es suplicante pero en un segundo, ello me provoca inmensa ira porque a mi lado, en la portada del periódico que está leyendo un pasajero, veo  una foto con un titular que dice: “¡LADRÓN DESCUBIERTO!”.  Es un político del gobierno que acaba de ser pillado por la prensa robándose el dinero del Estado que debería ser enteramente para estos niños. Estos son los culpables de todo, dije para mi.

¿Cómo te llamas?, le pregunto muy cortés al cantor. Quiero conversar y saber de su vida  antes de ayudarlo. Sin embargo,  para el pequeño  mi pregunta significa una negativa mía y prosigue su paso sin contestarme nada. Su silencio me duele , me siento herido,  veo que está a punto de bajarse y voy tras él y también bajo. Este será mi mejor reportaje del año, pienso.

Camina despacio y en el trayecto se cruza con otro de su edad pero vestido de otra manera y llevando una bolsa llena de panes. Cuenta sus  monedas  y se lo guarda en el bolsillo de su pantalón y recién entonces le paso la voz.

“¡Hey amigo! ¿cómo te llamas?… yo también quiero colaborarte”, le digo amigablemente . Voltea sorprendido , me reconoce pero  no habla. Está paralizado, seguramente es la primera vez que un extraño se le presenta así. Pasa un instante, nuevamente le pregunto por su nombre y por su edad  sonriéndole, pero sus ojos esta vez se van tornando vidriosos y se llenan de lágrimas . Se contiene, no quiere que lo vea llorar, quiere ocultarme quizás su hambre y su desgracia de estar sólo en este mundo, sin una casa ni padres. No quiero verlo sufrir más y lo termino todo.

¡Vamos hijo!… ¡Vamos no estés triste! ,le grito alegre y lo invito tomándolo de la mano,  ir a un pequeño mercado  de ropa que he divisado cerca y cuya entrada luce adornada anunciando la llegada de la Navidad. Ingresamos y en el primer puesto que veo  pido al que atiende me lo vista de nuevo incluyendo  zapatillas y medias en lugar del zapato viejo y roto que lleva puesto. Al cabo de un momento viste distinto, con la ropa que él mismo ha elegido  y entonces lo veo sonreír por primera vez. Me dice que tiene ocho años y que se llama Moisés y que ya lleva dos meses viviendo en la calle junto a otros.  Me esta empezando a contar su vida  cuando suena mi celular, es mi esposa, Yoshiko, que me recuerda mi fecha de regreso  y  otras cosas más de mi trabajo. Mi diálogo en otro idioma lo transforma todo. Moisés esta mudo, el vendedor me observa como lamentándose de no haberme cobrado algo más. Miro mi reloj y ya estoy con el tiempo vencido. Tengo que despedirme y decirle adiós.”Ahora sí me voy, cuídate Moisés”, le digo y lo abrazo como si fuese mi hijo y le pido que regrese a su casa . El vendedor me alcanza unos soles de  vuelto por la compra  y se lo pongo en las manos de Moisés. Es mi último obsequio, todo está consumado, después de diecisiete años todo sigue igual para los niños pobres, que ahora son más en las calles .

¡Chao Moisés! le grito levantando el brazo mientras me alejo y esta vez él me corresponde agitando el suyo. Antes de salir volteo para verlo por última vez, estoy enfurecido y mis ojos se llenan de lágrimas por la triste realidad de mi Perú. Abordo un taxi, la inseguridad es tal que no se puede confiar en nadie.Dentro de cinco días tengo que volar de regreso al País del Sol Naciente. (Testimonio de: Isaias Contreras en Lima, Perú).


Recopilación: Yván Ramírez Rodríguez.


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